Hace un sol esplendoroso cuando la tarde se avecina. Aquí, en la terraza, el mundo parece detenido. La vida circula lenta por mi cabeza y aparento no tener ganas de nada. De hacer nada. Pero aquí estoy. Permitiendo que salga el escuálido hilo de mis sentires de adentro. Revolviendo y rizando ideas, conceptos, creencias que vuelan. Que, por fin, vuelan.
Nada me estaba amenazando Sin embargo, yo albergaba esa sensación. El mundo era injusto. O quizás la vida. Es mucho decir la vida. Qué sabía yo de ella? Solo mi juicio. Es decir, una crítica tras otra. Me detuve a contemplarme atentamente y las circunstancias, que yo creía ciertas y seguras, se fueron deshilachando como una torre de algodón.
Esto dice Sergi Torres en su último libro “Aurum”. Y qué difícil darse cuenta de esta posibilidad y ponerla en práctica. Con frecuencia nos aterroriza el conflicto y cuando llega intentamos esquivarlo de cualquier manera. Aunque también puede suceder que, consciente o inconscientemente, lo provoquemos para “poner las cosas en su sitio” o para dejarnos llevar por la ira o la rabia que nos incita a machacar al otr@. Porque la CULPA -así, en mayúsculas- siempre es del otr@. Recuerdo cuando empecé a practicar el Curso de Milagros y, no sé por qué razón, la salida al conflicto consistía -o yo me lo tomé así- en mirarme a mi, en ver qué hacía yo en aquella fiesta, cuál era mi papel. De verdad, aquello me resultaba desesperante. Se producían batallas internas que me dejaban sin fuerzas. Yo quería salvarme a toda costa y mirar, escrutar al otr@. Sin embargo, si insistía una y otra vez en mirarme a mí, se iban produciendo cambios asombrosos. El conflicto se tornaba de otro color, extrañamente me iba calmando, iba descubriendo que en mí había algo que no había visto antes, el otr@ iba perdiendo importancia y ese mecanismo de aprendizaje del título, se iba poniendo en marcha. El movimiento horizontal, de enfrentamiento directo, empezaba a transformarse en un movimiento vertical de mirada hacia dentro de mí mismo. De descubrimiento de que yo también estaba allí y, casi con toda seguridad, me estaba dejando arrastrar por mi ego que me miraba sonrojado desde lo más profundo de mi ser.
Creo que,al final, a lo que la vida nos empuja, lo que nos dice es: Sal, sal de tu madriguera. No pidas, da. Colabora con el mundo, con la vida, con el universo, con las gentes. Con lo que sepas y como sepas. Entrégate y expande tu amor. Sé tú, con toda honestidad. Y ahí te encontrarás con quien te tengas que encontrar. Ahí la plenitud. Ahí la belleza. El propósito. Así de simple. En cualquier caso.
lo que sentimos hacia nosotr@s mism@s? Los sentimientos hacia un@ mism@ están basados en lo que un@ cree de sí mism@. Y esta creencia, a su vez, está basada en los pensamientos que repetidamente aceptamos como verdaderos e incuestionables. Supuestamente basados en la evidencia, en la experiencia y en los que, a veces, de tan acostumbrados cómo estamos a recibirlos, ni siquiera reparamos. Sin embargo, estos pensamientos sobre los que se basan nuestras creencias son intercambiables, cuestionables, revisables. Incluso pueden ser falsos. O sustentados en percepciones distorsionadas, sesgadas, determinadas por el medio en el que vivimos o, simplemente, negligentes. Es decir, si. Sí puedo decidir qué siento hacia mí mism@. Aunque no lo parezca. Aunque sea algo que parece imposible e impensable. “Yo soy como soy”. Esta es la frase a la que recurrimos en muchas ocasiones para certificar que sé quién soy y que esto es inmodificable. Pues, no. Es modificable. Es cuestionable. És decidíble. Puedo poner mi atención y mi conciencia en revisar y cuestionar tantos pensamientos que hablan de mí, que sustentan frágiles creencias sobre mí, que nos hacen sentir (la mayoría de las veces) un profundo rechazo hacia nosotr@s mism@s. Que nos hacen sufrir. Nos limitan y nos constriñen. Pero, atención, somos libres. Somos dueñ@s de nuestra mirada. Una mirada que define y determina. Nada menos.
Para cuestionar nuestras estructuras mentales, para ver más allá de nuestra mentalidad -que nos ha servido hasta ahora, pero que empieza a ser una rémora-. Sin embargo, estos desafíos, que nos llegan en forma de sucesos, circunstancias, elecciones…se enmarañan tanto, nos confunden tanto, son tan evaluados por amig@s, por familiares, por nuestros propios prejuicios y juicios que muchas veces nos quedamos flotando, nadando en ese mar de extravíos, conflictos, dudas, urgencias -muchas urgencias- , heridas, reproches, deudas, necesidad de dinero, trabajo -tengo que trabajar más aún, si cabe- rabias, miedos, compasiones hacia otr@s que sufren o hacemos sufrir, adicciones -para huir de tanto sufrimiento-, enganches, mixtificaciones, inercias…que no atisbamos que el reto profundo, verdadero, incisivo, claro, implica cambiar de mentalidad, cuestionarse lo que un@ cree la única posibilidad y, además, inevitable: no es que no quiera es que no puedo, ahora no. Y seguimos convencidos de que lo único que nos queda es seguir remando, más y más, cada vez con menos fuerzas, en una carrera sin saber adónde nos lleva…hasta que no puedes más o una enfermedad te paraliza o alguna circunstancia, quizás un arrebato de lucidez, te permite descubrir que puedes detenerte, que , por supuesto, hay más caminos , que no tienes por qué seguir remando sin rumbo y extenuad@, que, cuando decides levantar la cabeza, puedes ver un horizonte inmenso, lleno de vegetación, donde aquella flor hermosa y única que creíste vislumbrar una vez, crece por doquier.