DECISIONES IV

Muchas veces viene gente a “conversar” conmigo a causa de sus relaciones de pareja y, también muchas veces, suelen culpar al otr@ de lo mal que funcionan sus relaciones. 
Pocas veces, sin embargo, un@ asume, reconoce, recuerda que él/ella decidió -eligió- que esa persona era la que él/ella pensaba que era la mejor, la más adecuada, la más hermosa, la más pertinente, la más “mejor” para su vida en ese momento. 
Pero ahora, al cabo del tiempo, esto se omite, da la impresión de que esa persona cayó del cielo en mi vida -sin tener yo nada que ver- y, a partir de ahí, se ha dedicado a amargarme la vida. 0 responsabilidad mía. 
Y es cierto que no hay en ningún plan de estudios una asignatura llamada “Pareja” y/o “Amor romántico”. O, “Cómo elegir pareja en treinta lecciones”. O, “Qué significa tener pareja?” (y no un compañer@ que me complazca o que consiga lo que yo no puedo o que me ame como yo quiero que me ame o que me satisfaga)
Pero también es cierto que tenemos algo que ver con lo que decidimos, elegimos y hacemos. 
La pareja es una de las situaciones de la vida más importantes y, sin embargo, le dedicamos poquísima atención, energía y mirada a saber qué es eso, para qué, cómo lo vivo yo, qué hacer para elegir “bien” y compartir con satisfacción. 
Nos dedicamos a “vivirlo” -lo de elegir pareja- como en una película de Disney (y éstas suelen acabar cuando se casan). 
Hablamos con l@s amig@s de si me gusta, de si le gusto… y, si al final formamos pareja, directamente de lo mal que hace las cosas “mi pareja” y del daño que me provoca. Y así andamos. También con hij@s. 
Por eso es urgente -desde mi punto de vista- reflexionar sobre qué es eso de vivir en pareja, que quiero aportar yo a esa relación, por qué el otr@ me tiene que dar algo, cómo vivir en libertad profunda con el otr@, a cuento de qué le exijo y, en definitiva, mirarme y volverme a mirar en esa situación, con el otr@, yo, perdid@, desvalid@, necesitad@ de amor -sin saber muy bien qué es- y así, humildemente, entregarse a compartir y aprender en el camino. 
Con toda la voluntad de encontrarme con otro humano/herman@ y conmigo mism@ inundad@ de la mayor conciencia posible.

DECISIONES (III)

También tenemos la posibilidad de decidir sobre nuestra mirada hacia el mundo. El mundo no es la vida. El mundo es la relación con los demás, es la sociedad en la que vivimos (y de la que cada un@ de nosotr@s forma parte, es decir, nosotr@s somos eso que llamamos sociedad o gente), es la tierra en la que habitamos, las estructuras, la cultura, los códigos en los que nos inscribimos, es el momento presente en el que realizo cualquier actividad, es la organización que, de una manera u otra, nos hemos dado, son las guerras que nos consumen y las efemérides felices, es la ducha de agua caliente y el incremento del precio de la vivienda, soy yo aquí, en el día a día. 
Y, claro que puedo elegir mi mirada hacia el mundo. 
Para empezar puedo considerarme miembro de él o no, hacerme responsable de lo que ocurre o echarle la culpa al sistema, a los poderosos, al estado…
Puedo decidir que mi actuación es importante o no tiene ninguna trascendencia. Puedo creer que el mundo evoluciona, es más amable cada día, o puedo creer que todo es horrible y va, evidentemente, a peor. 
Puedo pensar que hay que desconfiar de todo y de todos o sentir que el/la otr@ es mi herman@ y que, al final, tod@s estamos en el mismo barco. 
Puedo intentar ponerme en la piel del otr@, respetarlo, intentar convivir en paz y ser lo más amable y colaborativo que pueda o todo lo contrario. 
Tú, yo, elegimos y, así, vamos configurando este mundo que, aunque no lo percibamos de ese modo, también es un ser vivo que se va auto-regulando y depende de tod@s y cada uno de nosotr@s cómo lo organizamos y cómo permitimos que se organice, nos acoja y nos posibilite vivir en sintonía con él o darle la espalda. En nosotr@s está la respuesta.

DECISIONES (II)

Si la primera decisión que he revisado es la de mi relación con la vida, la segunda va a ser la de la relación conmigo mismo, “yo”. 
En general, y a bote pronto, tengo una “mala”relación conmigo. Es decir, me cuido y me alimento bien, pero estoy,casi constantemente, acusándome de errores que he cometido en el día a día (por qué has puesto eso ahí? Tenías que haber hecho aquello primero!!! Por qué no te has levantado antes?…), errores en el pasado -muchos, muy graves-, culpas insufribles, cosas que hice que nunca debí hacer…
Y eso genera un malestar sutil, constante, martilleante,, desacreditador, irreal. Porque me veo como no soy, como no somos: llenos de culpas y torpezas. Ahí no hay sitio para entender nuestra manera de aprender, nuestra manera de ser humanos que experimentan, que descubren, que se hacen conscientes. 
Esa voz dentro de mí que valora y juzga (desde un lugar que no conozco ni reconozco, que se supone “perfecta” y que lo sabe todo, con una escala moral que no he revisado nunca y solo con la perspectiva de “hacerlo bien” para, a toro pasado, no tener problemas o ser totalmente eficiente o triunfar o quedar por encima…) actúa así en un intento desesperado de forzarme a vivir de una manera sintonizada y determinada por la sociedad en la que vivo, en un mundo sin errores, sin aprendizaje. 
Mientras tanto, camino por la vida atribulado y abrumado por la culpa que me echo encima y la cantidad de errores que he cometido/cometo para hacer que mi vida sea insoportable, infeliz, un fracaso. 
Sin embargo, cuando observo todo esto desde la conciencia o sus alrededores, me siento liberado por poder poner una distancia que me permite descubrir que nada de esto es verdad. Que soy un “bendecido” y grandioso ser humano en construcción. 
Y una leve sonrisa tierna aflora en mis labios. Y vuelve la calma. En paz, durante un tiempo, conmigo mismo, “yo”.

DECISIONES

Al hilo del comienzo de este 2024 querría escribir sobre una serie de decisiones que podemos tomar y que,creo, afectan a nuestra vida. 
Para mí la primera decisión que puedo tomar, mirar… es la de qué relación establezco con la vida.
Esto es algo que no se enseña y que puede parecer que no tiene sentido planteárselo, pero pienso que no es así. 
Consciente o inconscientemente establecemos pactos simbólicos con lo que creemos que es la vida -incluso, a veces, la personalizamos como destino, suerte, un dios…- en los que exigimos/pedimos un cierto comportamiento suyo a cambio de una determinada actitud nuestra. 
Y según cómo nos va -desde nuestra perspectiva y nuestras expectativas- empezamos a tener una relación con la vida basada en nuestras creencias. Y aquí nos afincamos, habitualmente, en nuestra edad adulta. Y muy difícilmente modificamos estas creencias o las ponemos en cuestión. 
Así, solemos creer que la vida es “mala”, está en contra nuestra, solo nos va a traer desastres/problemas…
Eckhart Tolle delimita esta situación en 3 posibilidades:
1) La vida presente solo es un trampolín para un futuro mejor -y así nos perdemos este momento presente-.
2)La vida son problemas. Y, desde el momento que la veo como un problema, en efecto me llueven los problemas. (La importancia de nuestra mirada, de la frecuencia en la que vivimos)
3) Estoy en guerra con la vida. Y la vida,como un espejo, me devuelve guerra. No la acepto. Y de este modo nos instalamos en la queja, el echar la culpa a otr@s, a lo que sucede o deja de suceder, a la deriva cotidiana… Instalados en el “si/no hubiera pasado aquello y si/no esto otro…Incapaces de abrazar la vida como es, enfadados, muy enfadados.
Sin embargo, podemos decidir abrazar la vida tal como viene, enfocando toda nuestra energía en ver qué hago en este momento, cómo me hago un@ con ella y la vivo lo más intensamente posible. 
Porque, puede ser que no entendamos por qué y para qué suceden las cosas, pero suceden así y no de otra manera. E, incluso para cambiarlas, primero tengo que empezar por aceptarlas. Y, puesto que vivo esta y no otra vida, ¿por qué no llevarme bien con ella?

OBSERVANDO LA RABIA


La rabia tiene muy mala prensa, sin embargo solo es una emoción como otra cualquiera. Un poquito densa, es cierto, pero una emoción al fin que quiere ser escuchada, abrazada, acogida. Y que despierta en nosotr@s (aunque no lo detectemos habitualmente) nuestra capacidad de sentir. 
La rabia se desencadena porque ha sucedido algo que nosotr@s creemos -sabemos?- que no tendría que haber ocurrido. Que no queremos de ninguna manera que haya ocurrido. Y sentimos que es intolerable, injusto, imposible, insoportable, que haya pasado así. Y no queremos, y no queremos, y no aceptamos que haya sido así. Y estamos convencidos de que nada ni nadie lo puede cambiar. Y esto me produce una rabia descomunal, infinita, porque quiero cambiar, borrar lo que ha sucedido con todas mis fuerzas, con toda mi alma. Y no acepto lo que ha pasado. Obsesivamente. Ni siquiera lo reconozco porque no tendría que haber pasado. No tendría que estar pasando. 
…Y entonces la rabia se dispara contra algo, contra alguien. Contra la vida que me ha hecho esta jugarreta, contra las circunstancias, contra aquel que me hizo aquello, contra esa que no ha hecho lo que tenia que haber hecho. Obsesivamente. 
Contra mí, sobre todo contra mí. 
Y aquí la voz de la rabia se alza majestuosa y toda su furia cae sobre mí: frustrado, fracasado, inútil, incompetente…Se me tensan los músculos, la mandíbula. Me veo una piltrafa. Quisiera romper y arrasar con todo. No lo acepto, no lo acepto. No puede ser. 
Me confundo con esa rabia. Me identifico con ella. Me dejó llevar. Me pierdo. 
Ahhhh!! Atención!!!! La rabia me habla, luego la rabia no soy yo. Ahora puedo verla con un poco de distancia, en su bucle polvoriento. Y yo descubro que puedo estar un poquito en paz, observándola, abrazándola, incluso sintiéndola. Mientras ella, la rabia, me mira desconcertada.

Yo elegí el papel de víctima, ¿y tú?

En este mundo en el que vivimos interpretando un papel -o varios-, yo elegí el de víctima. 
Hay muchos más y un@ puede verlo claramente en l@s demás: el de culpable -muy extendido-, el de villano -muy aplaudido, aunque parezca lo contrario-, el de buen@ -aclamado por la crítica-, el de inocente, el de “esto no va conmigo”, el de desconfiado, …
Se puede haber elegido un papel o varios. O su combinación, e interpretar uno u otro según las circunstancias. Pero, al final, lo importante, es que hemos elegido un papel. Hemos creado un personaje que creemos que somos nosotr@s y nos comportamos como tales. 
Es muy sutil. Parece que eso no pueda pasar. O que si me doy cuenta en un momento dado de que estoy interpretando, este juego se acaba. 
Pero si soy consciente de verdad -es decir, me detengo con toda mi atención a observar, sentir, reconocer la energía que emana ese personaje- puedo descubrir que, en realidad, ese papel que interpreto, “me vive a mí”. Y si he elegido ser víctima, veo, pienso,y creo mis recuerdos y mi realidad según ese personaje. 
Y lo hago en modo “piloto automático “. Sin ninguna conciencia, por supuesto. 
Sin embargo, hacerme consciente de esta situación me lleva a la posibilidad de saber, vivir, sentir, con toda profundidad e implicación que yo no soy esa víctima que me he creado. Que la vida no me maltrata ni l@s otr@s están en contra mía. 
Y así, poder dejar de identificarme con ese personaje y sus desventuras para empezar a vivir por mi cuenta. Que no es poco.

GENUÍNAMENTE HUMANO

Leído en “Un mundo nuevo “ de Eckart Tolle:
“…Nadie puede atravesar la infancia sin sufrir dolor emocional.”
“Incluso si ambos padres estuviesen iluminados, te descubrirías creciendo en un vasto mundo sin conciencia.”
Muchas veces los padres nos encontramos en situaciones en las que vemos sufrir a nuestr@s hij@s y queremos como sea remediar su dolor. Y no podemos. 
Entonces su dolor se transforma en nuestra angustia, nuestro miedo. 
Y empezamos a acumular culpabilidades, a buscar justificaciones, a intentar encontrar enrevesadas causas de por qué sufren. 
Los queremos felices. 
Pero parece ser que vivimos sin conciencia del mundo en que estamos. Del funcionamiento de la vida. Llena de paradojas. 
Según Tolle, también en este capítulo del libro (Individual y colectivo) no solo crecemos con estos retos de dolor y sufrimiento individuales, sino que también cargamos con el dolor de guerras y violencias que habitan en el inconsciente colectivo. 
Pero, según él, nunca se puede decir qué es mejor o peor: si haber vivido con intensidad estas situaciones o todo lo contrario porque, en ocasiones, cuando llegamos a adultos el propio sufrimiento nos empuja a adentrarnos en el mundo de la conciencia y el auto -conocimiento para intentar sanarlo. 
En cualquier caso, saber que -como hij@s- nuestros padres nos acompañaron en un camino en el que ,de todos modos, había sufrimiento. 
O -como padres- saber que nuestr@s hij@s van a tener que encarar pruebas donde se van a encontrar -sí o sí- con el miedo, el dolor…cambia bastante mi percepción y me plantea que, si algo puedo hacer, es acompañarl@s con todo el amor y la conciencia que pueda y sepa. Y no dejar de mirarme a mí mismo para que mia propios miedos y angustias no supongan una carga añadida en su camino, sino un descubrimiento conjunto del inmenso discurrir de la vida. En un aprendizaje mutuo.

DESCUBRIRSE

Siguiendo el artículo anterior en el que hablaba de lo difícil que es descubrirse a un@ mism@ (incluso, a veces, pensamos que es imposible) y lo fácil que es ver a l@s demás, se abren varias posibilidades que, a mí parecer, son muy interesantes. 
En primer lugar, existe la voluntad o la negación de querer verse a sí mism@. Hay, de entrada, una predisposición a huir o enfrentar lo que podamos ver al respecto de cómo actuamos, pensamos, reaccionamos…
En esa situación creo que es de gran valor la convicción y el conocimiento de que mirarse es mucho más sano, liberador y gratificante que ocultar(nos) lo que (nos) está ocurriendo. 
En segundo lugar, hay situaciones en las que lo único que necesitamos es escuchar(nos), mirar(nos). 
Cerrar los ojos -o no- y prestar atención a pensamientos, emociones, contradicciones… que se mueven abiertamente y nos avisan de cómo somos y quiénes somos-estamos en este momento de nuestra vida. 
En tercer lugar, está lo que (nos) ocurre. Nada pasa por casualidad ni es casualidad. Y lo que sucede, ahí, en el “exterior” de nosotr@s mism@s, nos permite ver -con mucha más claridad- porque es un reflejo y una consecuencia de lo que pensamos, “emocionamos”, creemos, vemos, queremos, sentimos…
Así es que, cuando prestamos atención a lo que está ocurriendo (solo prestar atención), hay un gran campo de investigación e información de nosotr@s mism@s a nuestro alcance. 
Todo esto (nos) permite irnos descubriendo, saber más de lo que “realmente” ocurre. 
Encarar con honestidad información acerca de nosotr@s mism@s -es decir, de nuestro ego- que nos hiere o no nos gusta, pero que nos hace intensamente más conscientes y, por lo tanto, nos permite vivir con mucha más calma, sabiduría, bienestar y paz. Sincronizad@s con la vida. Y permitiendo a l@s que nos rodean que también reciban lo mejor de nosotr@s mism@s. En una cadena de alimentación mutua de bienestar profundo.

CUANDO MIRO AL OTR@…

Cuando miro al otr@ con detenimiento, con calma, sin intentar juzgarlo ni rebatirlo; cuando solo es observar, se abre un mundo de percepciones que acribilla la propia percepción de lo que me rodea. 
Veo al otr@ quejándose de alguien ( de su ex, de sus padres, de sus hij@s, de sus vecin@s o compañer@s…), de algo (de la sociedad, del mundo, de la deriva que está tomando esto, de la vida) y un aluvión de preguntas se cierne sobre mí mismo. 
¿Cómo es posible que él/ella no se dé cuenta de que está implicad@ en todas las relaciones de las que se queja?
¿Cómo es posible que él/ella no atisbe que está actuando, generando una respuesta similar a la suya en el otro lado del que se queja?
¿Cómo es posible que él/ella no se dé cuenta de que es parte de ese mundo, de esa sociedad, de esa vida que critica y que sus acciones, pensamientos y decisiones (con)forman el mundo en que vivimos?
La respuesta es obvia y nos la decimos constantemente:
“Un@ ve con claridad lo que les ocurre a l@s demás, pero no se ve a sí mism@“
Aunque quizás va siendo hora de tomárnoslo de otra manera. Sí, es complicado mirarse a un@ mism@. 
Sí, es difícil tener cierta perspectiva. 
Pero también es cierto que ya sabemos, con toda certeza, que en un conflicto somos, como mínimo, dos y que yo tengo participación en él. 
Que esta sociedad no son l@s otr@s y yo de juez emérito sino que la formamos tod@s y cada acción nuestra , cada pensamiento, cada actitud da un impulso en una dirección u otra. 
Así que, quizás sea difícil vernos, pero podemos partir de una base muy sencilla: cuando critico al otr@, cuando me quejo de cómo funciona todo…, ¿dónde estoy yo?, ¿qué hago para que esto funcione de otra manera?, ¿qué solución aporto, honestamente, al conflicto?.
Y si no veo nada de lo que me ocurre allá en el fondo (que es muy probable) empieza el apasionante camino del auto conocimiento y el auto descubrimiento (solo o con ayuda)que, a buen seguro, me/nos lleva – desde el primer minuto- a otra galaxia en esta vida.

EL RÍO DEL SUFRIMIENTO

Soñé la otra noche -o quizá solo fui consciente- con un río extraño (como en todos los sueños las cosas eran raras, muy raras).
El río era una franja que no tenía base; en realidad era como si estuviera pintado en la pared o en un cuadro y fuera, simplemente, una franja que por debajo tenía espacio en blanco y por encima también. 
Lo curioso -e interesante- era que cuando me acercaba a él, metía la cabeza, me sumergía…era total y completamente un río. Y me sentía dentro de él, viviendo en él, formando parte de él. Y en aquel río estaba y habitaba mi dolor, mi miedo, mi angustia, mi desesperación, mi rabia, mi malestar, mi enfado…y así podría estar un buen rato. 
Era -como ya habréis adivinado- mi río, el río, nuestro río del sufrimiento. 
Lo espectacular venía cuando me atrevía a sacar la cabeza del agua, de las profundidades del río -y, en medio de la noche, fui consciente de que podía hacerlo- , ahí todo se transformaba: podía ver, sentir, estar, de otro modo. 
Así, si sumergía la cabeza, inmediatamente se creaba un torbellino de dolor y angustia. Si la sacaba, había calma y una visión diferente de la naturaleza, de la vida, de mí. 
Tuve la conciencia, en ese instante, de que algo así debe de ser lo que llaman el despertar.