Los cuerpos son las patas de los bolsillos, el pespunte de las azucenas, el sombraje de los olivos. Los cuerpos son la medida de las cosas, las cosas a mi medida. El zaguán de la vida. Los cuerpos son un mentidero de olvidos, una luna llena de nardos, un rostro indefinido. Los cuerpos beben del mar, se embriagan con la emoción, se detienen en el pensamiento. Los cuerpos sueñan, si los dejamos, con volar más alto, con vivir su tiempo, con trepar el cielo, con sentir muy hondo. Los cuerpos son lo que nosotros vemos, lo que nos sustenta nuestra propia esencia. Somos nosotros mismos, inseparables. Somos. Los cuerpos, algo divino.
Nuestro sistema de pensamiento lineal crea la ilusión de que los aciertos están en el futuro y los errores en el pasado, aunque estamos siempre aquí, en el presente, viviendo entre errores y aciertos que se entretejen continuamente y que, en el fondo, no son más que oportunidades de máximo aprendizaje. Algunas veces me digo: “No descuides este momento, vívelo intensamente, estate atento a él, descubre lo que hay en él de secreto, de obvio, de vida al fin”. Y es que en el devenir de lo que siempre está ocurriendo (o sea, ahora mismo, cuando tú lees esto), en ese tejer constante donde solo existe lo que en este instante sucede -que no es un momento, sino una cadena incesante de momentos vividos siempre como este momento-, ahí está todo lo que ocurrió y ocurrirá, por tanto, ahí, en cada nuevo instante, puedes renovarte y renovar todo lo que crees que no funciona y dibujarlo de nuevo en ese renacer constante.
Una de las cosas que más me ha costado (y me cuesta) en mi labor como terapeuta (y en mi vida cotidiana) es respetar los ritmos del otr@; su voluntad de aprender o no; lo que yo entiendo -desde mi perspectiva- como sus empecinamientos; sus decisiones -a veces diferentes de las mías-; su aparente intención de golpearse contra la pared -vista desde mi necesidad de seguridad-; su caminar que va construyendo un camino. Leí el otro día que tratamos de cambiar al otr@ porque no estamos en paz (“Aurum” dixit), y creo que es verdad. Al final es mi miedo a que el otr@ se haga daño (cómo aquel chiste : “Hijo mío, ponte el abrigo que el papá tiene frío”), mi incapacidad para sostener una situación que se me hace insostenible, mi convicción de que sé lo mejor y tú estás equivocad@, mí imposibilidad de ponerme en la piel del otr@, la creencia de que conozco cómo va este mundo y puedo decidir qué es lo mejor para ti (sin dudarlo), la insoportabilidad de que puedo ver qué es lo que te conviene y tú no me haces caso, mi irrefrenable impulso por arreglar tu vida y, a la postre, la poca fe y la casi inexistente sabiduría que no nos permite ver que la vida tiene sus tiempos y su ritmo, #que cada un@ recorre el camino -los caminos- a su paso, con su tempo, a través de las circunstancias que le son precisas para aprender, descubrir, saber lo que tiene que saber, descubrir, aprender. Y nosotr@s podemos ser compañer@s de ese viaje, amables, atentos, cariñosos; podemos ser una luz en su camino, un aviso en su deambular; podemos mostrarles otros caminos, otras posibilidades. Pero, en definitiva, es su vida, son sus decisiones, es su libertad de experimentar como profundamente necesite y quiera. Porque tod@s tenemos el inmenso derecho de vivir conforme a lo que la vida nos demanda. Y sencillamente deseamos.
Equivocado. El otro vive. Así o allí. Sin verdad aun verdadero. Lo vivido. Esforzado en ser pleno. La ruina de la rabia. Otros mundos. Equivocado.Engañado. Sospechosamente, nadie nos enseña a querer ser dichosos. A correr ese riesgo. A entender a otr@s. Como yo, pero no yo. A desrabiarnos. A dejarnos pasar. El andar leve, levísimo, del ser denso como el mar.
Parece un trabalenguas. O una obviedad. Pero no es una cosa ni la otra, sino una frase que encierra un concepto poco atendido porque nos parece evidente. Creemos, sin lugar a dudas, que vivimos como sentimos y que, por lo tanto, estamos como sentimos. Pero, en general, no es así. Muy frecuentemente ignoramos lo que sentimos, no lo escuchamos ni le prestamos atención; en bastantes ocasiones, si lo intuimos o sabemos que nos está afectando, lo intentamos apartar de nuestra mirada, de nuestra vida, de nuestro actuar. Así, entramos en una profunda incoherencia, en un costoso desequilibrio que nos lleva a vivir fingiendo que estamos viviendo lo que no estamos sintiendo. Fugados de nosotr@s mismos. Y, entonces, empiezan a suceder cosas que nos desconciertan o que, más probablemente, nos hagan sufrir. Y es que se desata una lucha interna entre esas emociones que no reconozco o/y que no quiero vivir o que son incómodas socialmente -pero que mi ser profundo está sintiendo y empujando para ser vividas y escuchadas- y mi discurrir consciente lleno de lo que tiene que ser, de lo que me tiene que importar, de lo que tengo que mostrar. No, la vergüenza, el miedo, la rabia, la desesperación, el hundimiento emocional-vital no se puede mostrar, vivir, reconocer en un@ mism@. Pero el sufrimiento aprieta y aprieta hasta que un@, en el límite, cede y reconoce, y toma conciencia , y acepta que sí, que tengo vergüenza y miedo y que no puedo más. Y en ese instante empezamos a entrar en coherencia. Nos alineamos con lo que sentimos y hay una gran paz y liberación. Que viene de la mano, sin duda, de la honestidad: esa forma de vida tan menospreciada y tan imprescindible para vivir en coherencia con nosotr@s mosm@s. Honestamente.
“La prosperidad es un estado mental en el que lo único de lo que se carece es de miedo” (leído en “Aurum”) Yo siempre había creído (y me resisto a no creerlo) que la prosperidad tenía que ver con que te iba bien en la vida -fundamentalmente en el terreno económico-. Y que sabias gastar ese dinero que fluía bastante abundantemente y que eso se podía percibir al verte cómo vivías, cómo vestías, dónde residías, qué hacías, con quién ibas. Incluso se podía ver en tu salud, en tus hij@s, en tu rostro, en tu sonrisa. La prosperidad, para mí, era el florecer de la vida en ti y tu familia porque “las cosas te iban bien”. Y ahora viene Sergi Torres a decirme que, en realidad, la prosperidad (Del latín “pro”-hacia adelante- y “sperare”-expandirse-) es un estado mental en el que hay abundancia, en el que vives en la abundancia, en el que eres abundancia. Y allí no hay miedo. Por decirlo de un modo suave , me ha roto a mí y a esa visión monolítica y lógica que tenia de la vida y de cómo nos va en ella. ¡Qué liberación! Y que espejo tan poderoso donde mirar(nos).
A veces, intento recoger lo que el aire deja alimentando mi memoria, y le silbo a una contrariedad por si el requiebro le cuaja el ánimo;
acudo a despertar la conciencia aburrida para que se bañe en las aguas frescas que corren y no cesan;
vivo entre las turbulencias de lo ignorado, de lo no entendido, por si me va bien en ello, y cubro con un velo claro la mezquindad y el deseo por si también puedo amarlos;
me entrego al silencio y al bullicio, al amor y a su enemigo, para no fiar mi vida a nadie, a ninguna idea, a ninguna institución, a ningún cobijo.
Hace rato que la noche ha caído. Me recuesto en la cama y reviso el día exhausto. Me interno en las rutas del agradecimiento y descubro que el agradecimiento es el reconocimiento profundo de la maravilla que se encierra en este instante. Perdido en el refugio de la esperanza de un futuro que me cuadre y me parezca dichoso me olvido, con frecuencia, de este momento-vida al que el agradecimiento me retorna, lúcido. Esa esperanza futura se troca, así, en agradecimiento al presente, a ese detalle vivido hoy, casi imperceptible desde otra óptica que no sea la del agradecimiento. Y esto me permite ser consciente de su grandeza, de su inmensidad, de su plenitud y, por lo tanto, poderlo disfrutar intensamente, con total entrega, deslumbrado y asombrado por su poder. Y así, casi sin darme cuenta, aquella actitud reticente y hostil frente a la vida va transformándose, poco a poco, en una actitud de entrega y descubrimiento. Una acción de gracias ininterrumpida. Difícil de vivir en algunas circunstancias, gozosa en otras. Con la pretensión de ser siempre consciente.