Equivocado. El otro vive. Así o allí. Sin verdad aun verdadero. Lo vivido. Esforzado en ser pleno. La ruina de la rabia. Otros mundos. Equivocado.Engañado. Sospechosamente, nadie nos enseña a querer ser dichosos. A correr ese riesgo. A entender a otr@s. Como yo, pero no yo. A desrabiarnos. A dejarnos pasar. El andar leve, levísimo, del ser denso como el mar.
Parece un trabalenguas. O una obviedad. Pero no es una cosa ni la otra, sino una frase que encierra un concepto poco atendido porque nos parece evidente. Creemos, sin lugar a dudas, que vivimos como sentimos y que, por lo tanto, estamos como sentimos. Pero, en general, no es así. Muy frecuentemente ignoramos lo que sentimos, no lo escuchamos ni le prestamos atención; en bastantes ocasiones, si lo intuimos o sabemos que nos está afectando, lo intentamos apartar de nuestra mirada, de nuestra vida, de nuestro actuar. Así, entramos en una profunda incoherencia, en un costoso desequilibrio que nos lleva a vivir fingiendo que estamos viviendo lo que no estamos sintiendo. Fugados de nosotr@s mismos. Y, entonces, empiezan a suceder cosas que nos desconciertan o que, más probablemente, nos hagan sufrir. Y es que se desata una lucha interna entre esas emociones que no reconozco o/y que no quiero vivir o que son incómodas socialmente -pero que mi ser profundo está sintiendo y empujando para ser vividas y escuchadas- y mi discurrir consciente lleno de lo que tiene que ser, de lo que me tiene que importar, de lo que tengo que mostrar. No, la vergüenza, el miedo, la rabia, la desesperación, el hundimiento emocional-vital no se puede mostrar, vivir, reconocer en un@ mism@. Pero el sufrimiento aprieta y aprieta hasta que un@, en el límite, cede y reconoce, y toma conciencia , y acepta que sí, que tengo vergüenza y miedo y que no puedo más. Y en ese instante empezamos a entrar en coherencia. Nos alineamos con lo que sentimos y hay una gran paz y liberación. Que viene de la mano, sin duda, de la honestidad: esa forma de vida tan menospreciada y tan imprescindible para vivir en coherencia con nosotr@s mosm@s. Honestamente.
“La prosperidad es un estado mental en el que lo único de lo que se carece es de miedo” (leído en “Aurum”) Yo siempre había creído (y me resisto a no creerlo) que la prosperidad tenía que ver con que te iba bien en la vida -fundamentalmente en el terreno económico-. Y que sabias gastar ese dinero que fluía bastante abundantemente y que eso se podía percibir al verte cómo vivías, cómo vestías, dónde residías, qué hacías, con quién ibas. Incluso se podía ver en tu salud, en tus hij@s, en tu rostro, en tu sonrisa. La prosperidad, para mí, era el florecer de la vida en ti y tu familia porque “las cosas te iban bien”. Y ahora viene Sergi Torres a decirme que, en realidad, la prosperidad (Del latín “pro”-hacia adelante- y “sperare”-expandirse-) es un estado mental en el que hay abundancia, en el que vives en la abundancia, en el que eres abundancia. Y allí no hay miedo. Por decirlo de un modo suave , me ha roto a mí y a esa visión monolítica y lógica que tenia de la vida y de cómo nos va en ella. ¡Qué liberación! Y que espejo tan poderoso donde mirar(nos).
A veces, intento recoger lo que el aire deja alimentando mi memoria, y le silbo a una contrariedad por si el requiebro le cuaja el ánimo;
acudo a despertar la conciencia aburrida para que se bañe en las aguas frescas que corren y no cesan;
vivo entre las turbulencias de lo ignorado, de lo no entendido, por si me va bien en ello, y cubro con un velo claro la mezquindad y el deseo por si también puedo amarlos;
me entrego al silencio y al bullicio, al amor y a su enemigo, para no fiar mi vida a nadie, a ninguna idea, a ninguna institución, a ningún cobijo.
Hace rato que la noche ha caído. Me recuesto en la cama y reviso el día exhausto. Me interno en las rutas del agradecimiento y descubro que el agradecimiento es el reconocimiento profundo de la maravilla que se encierra en este instante. Perdido en el refugio de la esperanza de un futuro que me cuadre y me parezca dichoso me olvido, con frecuencia, de este momento-vida al que el agradecimiento me retorna, lúcido. Esa esperanza futura se troca, así, en agradecimiento al presente, a ese detalle vivido hoy, casi imperceptible desde otra óptica que no sea la del agradecimiento. Y esto me permite ser consciente de su grandeza, de su inmensidad, de su plenitud y, por lo tanto, poderlo disfrutar intensamente, con total entrega, deslumbrado y asombrado por su poder. Y así, casi sin darme cuenta, aquella actitud reticente y hostil frente a la vida va transformándose, poco a poco, en una actitud de entrega y descubrimiento. Una acción de gracias ininterrumpida. Difícil de vivir en algunas circunstancias, gozosa en otras. Con la pretensión de ser siempre consciente.
Hay un pétalo granate sobre mi mesa. Debe de haber entrado volando y se ha quedado aquí a dormir conmigo, a vivir conmigo. Vivir en el mejor de los sentidos, en el más amplio de los sentidos. Vivir. Compartir mi mesa. Recibir mi mirada, descansar sobre el papel que lo recibió y que hoy lo acoge. Ese pétalo representa todo lo que hay de vida y no es humano. Y que no es estrictamente cemento o asfalto. Representa otra mirada donde yo no soy el único ni el rey. Donde hay millones de seres con millones de existencias, con millones de caminos, con millones de miradas. Y yo soy solo, y nada menos, que uno de ellos.
Es el amor quien lo hace, no tú”. Esta expresión del libro “Aurum” me dejó, literalmente, con la boca abierta. Porque yo he vivido, vivo, esa situación, esa realidad. Me decía el otro día una amiga que por qué no hago las sesiones más cortas y yo le contestaba que necesito no tener límites de tiempo porque me entusiasmo y pierdo la noción de ese tiempo muchas veces. Se colapsa, por así decirlo. Sin embargo, lo más interesante es que, en medio de bastantes sesiones, soy consciente de que yo -mi yo personal- no tengo solución, ni siquiera salidas, ante lo que me están contando. Es más, me abruman algunas situaciones que, además, me recuerdan a otras mías. Así es que, me abandono, me rindo ante la situación y permito que sea el amor el que actúe. Y, extraordinariamente, al cabo de un rato, cuando el ritmo de la sesión lo necesita y cuando, generalmente, me he olvidado de que no tenía ni idea de por donde tirar, empiezan a emerger palabras, un discurso, algún punto de vista que al primero que sorprenden es a mi que me maravillo ante aquello que, de verdad, no sé de dónde sale. Y, así, el milagro se produce una y otra vez, una y otra vez… Y vuelvo, bastante más humilde, al lugar de origen.
(ME) IMAGINO ESTAR DETENIDO EN EL ÚLTIMO ESCALÓN DEL UNIVERSO PARA CONTEMPLAR AL SOL PINTÁNDOSE DE ROJO VINO AMARÍA DESPRECIAR A LAS PRISAS, HURAÑAS Y ENGREÍDAS, PARA CHARLAR CON LA AMBICIÓN DE MIS HERMOSAS CONTRADICCIONES. GOZARÉ AL SENTIRME PASO GRABADO EN LA PIEL DE CUALQUIER TIERRA. PUGNO POR ESTAR MUY, MUY DESPIERTO PARA RECIBIR A LA LUNA CUANDO SE BEBE LA TARDE.
Una terapia consciente es, desde mi punto de vista, un lugar de referencia, la posibilidad de alumbrar tu sueño, tu oscuridad. Un punto que se vislumbra en medio de la zozobra, que transmite calma, que te hace sentir que alguien sabe por donde vamos y que sirve de guía para que tú, por ti mismo, descubras como tus pies van hilvanando el rumbo que quieres darle a tu vida. En medio de la tormenta, del túnel que andas atravesando, un fanal de de luz clara resuena en la noche para que puedas sentir que no estás sol@, que hay una salida -o muchas- del túnel, que, desde esa claridad, el terror mengua y las cosas se ven de otra manera. Y es que, al final, un@s para otr@s somos una cadena de luces que brillan y alumbran la oscuridad para hacernos más y más conscientes. La terapia consciente nace, desde sus raíces, para ser una de ellas.