SOY LA VIDA

Es la oportunidad de vivir lo que estás viviendo, lo más consciente posible, entregándote a esa situación, agradecido aun enfadado o rabioso o iracundo o desesperado. Sin esperar que esa actitud vaya a traer la solución. Solo vivirla. Ir con la vida. Subir y bajar con ella. Ir pegadito a ella, sin alimentar la sensación de ser víctima de nada, solo estar viviendo lo que en algún momento decidiste que ibas a vivir, que tenías que vivir para sentir, descubrir, aprender, tomar conciencia, e incorporarla, integrarla, hacerla tuya. 
Así, no soy una víctima, no soy un desgraciado, no soy culpable, no me lo merezco o dejo de merecérmelo, no me tiene manía la vida y no tengo por qué quedarme todo el tiempo en esta situación. 
Soy la vida que siempre cambia y nunca cesa.

EL RETO


El reto es la noche 
y su soledad. 
Sus sueños,
que no siempre son de ensueño. 
El reto es comenzar el día 
antes de mirar por la ventana. 
El reto es salir a la calle
sin salirme del corazón, 
lleno de mí. 
El reto es vivir 
sin darme cuenta,
es decir,
empapado de lo que importa.

PROVEER

En un sentido amplio significa mucho más que aportar dinero, aunque nuestra sociedad/cultura nos hace creer que es solo -o fundamentalmente- aportar dinero -cuanto más, mejor- y todo lo que se pueda conseguir con él.
Esto es -para mí- un error básico que nos sume como sociedad en la confusión y como hombres, como energía masculina, hace que nos perdamos en el afán por conseguir dinero y -si hace falta- ser sus esclavos, no importa cuánto de nuestra vida le entreguemos a la actividad que realicemos para obtenerlo. No importa que acabemos exhaustos, vacíos, sin sentido en nuestras vidas. No importa que perdamos la calma, el sosiego, el rumbo de nuestro caminar. No importa que el ejemplo que transmitamos a nuestr@s hij@s sea que la vida es ganar dinero y poco más. 
Pero proveer es mucho más que eso: es dar ejemplo, permitir que te vean roto, derrotado y, al mismo tiempo, transmitir la abundancia intrínseca de la vida, agradecidos eternamente por sus dones. Es poner un rumbo que dé sentido a nuestras vidas, entregar y recibir amor, crear vínculos, compartir ilusiones, generar posibilidades, alimentar la curiosidad y el entusiasmo, explorar nuevos caminos, vislumbrar direcciones, aportar sosiego y conciencia, sostener y acoger en los embates de la vida, enfrentar los retos -aun con miedo-y, en definitiva, promover la expansión de todo nuestro potencial para sentirnos entregados por completo, sabiendo que hay retos donde nos vamos a ver cuestionados, hundidos, desolados, heridos…y, aun con esto, o quizás por esto, aprender a amar la vida tal como es, inmersos plenamente en ella.
Y, con nuestro ejemplo, transmitírselo a nuestr@s hij@s. 
Esto es para mí la espiritualidad. O, por lo menos, la parte de ella que puedo ver ahora. Desde mi limitada perspectiva.

TRENES


Hay trenes, otra vez, 
que transitan por mi 
vientre. 
Allá, cerca del pubis. 
Un puente anda en 
construcción. 
El tren circulará 
más rápido,
más fácil. 
Se verá desde el tren 
un magnífico precipicio 
con verdes frondas y
cascadas de agua natural. 
Montañas enfrentadas y riscos milagrosos. 
Trenes negros sin humos, trenes nuevos. 
O no. 
Trenes de colores, 
de muchos colores, 
con azules y rojos 
y naranjas y verdes. 
Chillones. 
Trenes abiertos. 
Desnudos. 
Sin sombreros. 
Trenes boca arriba. 
Trenes de lado. 
Volando. 
Trenes. Trenes

INTELIGENCIA VITAL

Cuando algo nos va mal, cuando hay un momento de crisis, una emergencia espiritual, un venirse abajo, lo primero que pensamos -habitualmente- es , ¿qué pasa?¿por qué a mi?, si todo debería ir bien. 
A partir de ahí empezamos a rastrear porqués, que muchas veces se transforman en culpables, que casi siempre remiten a situaciones del pasado: errores que creo que cometí, situaciones que no debí vivir, la educación que recibí, cómo me trataron…
En ese momento llega el turno del “si yo hubiera…”
Si yo hubiera hecho aquello y no lo otro, si me hubieran tratado así y no asá, si hubiera tenido aquella vida y no la que tuve… entonces no tendría estos problemas y viviría content@, desahogad@ y feliz. 
Pero, de verdad, no lo sabemos (y no nos ponemos a mirar esto). Y no nos damos cuenta de que estamos totalmente desenfocados y poniendo toda nuestra energía en lamentos y quejas que se van por el sumidero de la ineficacia. Sin encarar el presente y sin mirar qué puedo hacer ahora para resolver la situación. 
Pero es que,claro, muchas veces, cuando miramos hacia el presente, también vamos buscando porqués que transformamos en culpables: la culpa de lo que me pasa la tiene mi pareja, que no me entiende o que me abandonó, o mis padres que siguen tratándome fatal o la situación socio-económica que me maltrata o el mundo que es injusto o la vida, de la que siempre hay que esperar lo peor. 
Y de nuevo nos perdemos en no poner toda nuestra energía en ver, con claridad, qué está pasando y comprender que ,sencillamente, sí me va mal, si algo va mal es porque mi enfoque de la vida, mi actitud, mis creencias, mis rutinas, mi relación con el mundo, con l@s otr@s, conmigo mismo, en algún punto, de alguna manera, no “me”funcionan.
Y partiendo de esta premisa tan básica, comprender que, como dijo Einstein, para que suceda algo nuevo, tenemos que hacer cosas nuevas. 
En un alarde,si se puede calificar así, de inteligencia vital. 

¿Y qué si asumimos TODA nuestra vida?

Hablaba el otro día con mi amigo Diego de la importancia de asumir toda nuestra experiencia de vida para poder encontrar la paz… y dimos en intentar delimitar las diferencias entre aceptar, reconocer y asumir. 
Y él me dijo (más o menos):
La aceptación sería el nivel más inmediato, el de ver-y no negar- que mi experiencia de vida es la que es y no la que yo me invento o querría que fuera. Y con esto empezamos a tomar conciencia y a tener un tanto de paz. 
El reconocimiento sería un nivel mas profundo en el que, además de ver y no negar nuestra experiencia de vida, empezaríamos a valorarla y a admitir que tiene elementos, situaciones, sucesos que se nos escapan en su conjunto pero que nos han constituido como somos y lo que somos. 
Por último, la asunción de TODA nuestra experiencia de vida implicaría que la tomamos íntegramente, sin eliminar ni cambiar nada, tal como es, entendiendo que es fruto de una armonía universal y que, por lo tanto es lo que tenia que ser tal como es; de modo que me lanzo a amarla por completo cómo ha sido, es y será.
Así, dejo de querer o de necesitar o de tener que luchar contra mí mismo y/o lo que he hecho o me ha sucedido: todo está en orden (aunque yo no lo entienda, aunque yo no lo sepa, aunque yo no lo vea), todo tiene su armonía y puedo sumergirme en ella. La vida, mi vida, es y no podría ser de otro modo. 
Sin embargo, yo -humano- me doy cuenta -con frecuencia- de que ni tan siquiera acepto mi vida…así es que de asumir ni hablamos. ¿O si?

LOS CUERPOS

Los cuerpos son las patas de los bolsillos, 
el pespunte de las azucenas, 
el sombraje de los olivos. 
Los cuerpos son la medida de las cosas, 
las cosas a mi medida. 
El zaguán de la vida. 
Los cuerpos son un mentidero de olvidos, 
una luna llena de nardos, 
un rostro indefinido.
Los cuerpos beben del mar, 
se embriagan con la emoción, 
se detienen en el pensamiento. 
Los cuerpos sueñan, 
si los dejamos, 
con volar más alto, 
con vivir su tiempo,
con trepar el cielo, 
con sentir muy hondo.
Los cuerpos son lo que 
nosotros vemos, 
lo que nos sustenta
nuestra propia esencia. 
Somos nosotros mismos,
inseparables.
Somos.
Los cuerpos, algo divino.

ESA ILUSIÓN

Nuestro sistema de pensamiento lineal crea la ilusión de que los aciertos están en el futuro y los errores en el pasado, aunque estamos siempre aquí, en el presente, viviendo entre errores y aciertos que se entretejen continuamente y que, en el fondo, no son más que oportunidades de máximo aprendizaje. 
Algunas veces me digo: “No descuides este momento, vívelo intensamente, estate atento a él, descubre lo que hay en él de secreto, de obvio, de vida al fin”. 
Y es que en el devenir de lo que siempre está ocurriendo (o sea, ahora mismo, cuando tú lees esto), en ese tejer constante donde solo existe lo que en este instante sucede -que no es un momento, sino una cadena incesante de momentos vividos siempre como este momento-, ahí está todo lo que ocurrió y ocurrirá, por tanto, ahí, en cada nuevo instante, puedes renovarte y renovar todo lo que crees que no funciona y dibujarlo de nuevo en ese renacer constante. 

Quiero cambiar…al otr@

Una de las cosas que más me ha costado (y me cuesta) en mi labor como terapeuta (y en mi vida cotidiana) es respetar los ritmos del otr@; su voluntad de aprender o no; lo que yo entiendo -desde mi perspectiva- como sus empecinamientos; sus decisiones -a veces diferentes de las mías-; su aparente intención de golpearse contra la pared -vista desde mi necesidad de seguridad-; su caminar que va construyendo un camino. 
Leí el otro día que tratamos de cambiar al otr@ porque no estamos en paz (“Aurum” dixit), y creo que es verdad.
Al final es mi miedo a que el otr@ se haga daño (cómo aquel chiste : “Hijo mío, ponte el abrigo que el papá tiene frío”), mi incapacidad para sostener una situación que se me hace insostenible,
mi convicción de que sé lo mejor y tú estás equivocad@, mí imposibilidad de ponerme en la piel del otr@, la creencia de que conozco cómo va este mundo y puedo decidir qué es lo mejor para ti (sin dudarlo), la insoportabilidad de que puedo ver qué es lo que te conviene y tú no me haces caso, mi irrefrenable impulso por arreglar tu vida y, a la postre, la poca fe y la casi inexistente sabiduría que no nos permite ver que la vida tiene sus tiempos y su ritmo, #que cada un@ recorre el camino -los caminos- a su paso, con su tempo, a través de las circunstancias que le son precisas para aprender, descubrir, saber lo que tiene que saber, descubrir, aprender. 
Y nosotr@s podemos ser compañer@s de ese viaje, amables, atentos, cariñosos;
podemos ser una luz en su camino, un aviso en su deambular; podemos mostrarles otros caminos, otras posibilidades. 
Pero, en definitiva, es su vida, son sus decisiones, es su libertad de experimentar como profundamente necesite y quiera. Porque tod@s tenemos el inmenso derecho de vivir conforme a lo que la vida nos demanda. Y sencillamente deseamos.