Vivimos un tiempo en el que habitamos simultáneamente 3 fases de nuestra mentalidad, entendida como nuestra forma de ver y vivir el mundo y nuestro día a día. 
La fase de mentalidad del pasado, que se reafirma continuamente en que todo va a seguir igual o, al menos, le costará mucho cambiar y eso ya no lo verán ni nuestros nietos. 
Está fase se opone ferozmente a la fase de mentalidad del futuro -hasta negarla- y transige de muy mala manera con la mentalidad de la fase de transición. 
La fase de mentalidad de transición, que avanza a golpes y saltos, se descubre muchas veces irritada por tener que estar cambiando constantemente, desconfiada de la fase de mentalidad de futuro y harta de la mentalidad de pasado. 
Cuando habitamos esta fase de mentalidad de transición, nos sentimos confusos con lo que ocurre a nuestro alrededor y también con nosotros mismos. Se necesita mucha conciencia para no andar desubicado cada día. 
La fase de mentalidad de futuro (aún en ciernes) está despuntando esta primavera de los cambios perceptibles y no perceptibles, genera grandes recelos y también -quién lo diría- grandes anhelos. Totalmente desconocida, la llenamos de prejuicios y suposiciones alimentados por nuestros miedos. Y es difícil tener la calma y la confianza en la vida suficientes para reconocernos a nosotros mismos que, en ella, está todo por descubrir. 
Y en esto andamos en este tiempo de maravillas: viviendo simultáneamente estas tres fases de mentalidades que se entrelazan, que nos van empapando -y nosotros a ellas-, que nos recuerdan que el cambio es lento …y, de repente, ya está aquí. Y yo sin enterarme.