Vivir con conciencia. Vivir sin conciencia. Esto lo cambia todo. Y, en el fondo, también es una decisión. Un punto en el que opto por, de la manera que sea, abrirme a que mi conciencia se expanda. A ser consciente de qué hago, dónde estoy, qué está ocurriendo.
La decisión de no escaparme constantemente: de este momento, de lo que creo que sucede, de lo que pienso, de lo que siento, de lo que me irrita, de lo que me ocupa y preocupa… de lo que soy.
Estamos, muchas veces, buscando maneras de evadirnos; es más, esto es casi una obligación en nuestra sociedad: emborracharnos, drogarnos, tener cualquier tipo de adicción, desvincularnos del vivir de ahora…está visto como un objetivo en sí mismo, como la expresión máxima de fiesta, “despreocupación “, éxtasis; esto, según nuestra cultura actual, es vivir de verdad, frente al rollo de ser consciente de esta vida gris, monótona, ruinosa… que siempre conduce al fracaso y, finalmente, a la muerte.
Pero, no es así. Ciertamente no es así.
La conciencia, por sí misma, ilumina cualquier rincón de nuestra existencia.
Puede ser que al principio (o en algún otro momento) nos duela ver lo que descubrimos con nuestra mirada chiquita y juzgadora, pero, cuando sigues mirando y la conciencia se va expandiendo, cada vez juzgas -te juzgas- menos. Una gran calma va inundándote y te vas sabiendo parte de una armonía universal que lo impregna y organiza todo.
Y así cambian tus prioridades, tu percepción de la vida -y de la muerte-. Tu percepción del día a día, de lo que hago, del dar y recibir, del preocuparse o no por controlar la vida; con la clara lucidez del que no sabe nada, absolutamente nada, pero está en el camino de estar en paz con todo.
Y es que ahora, en este instante, brilla el sol de nuevo…dondequiera que estés y hagas lo que hagas.