Ni se huele. Ni se intuye. Que anda por debajo del nivel de consciencia mínimo. Que anidó allí hace tiempo y se ha vuelto normal en nuestras vidas, aunque invisible. 
Y que, sin embargo, se nota. Se nota en nuestra actitud, en nuestro comportamiento. En nuestra visión de la vida, en nuestros miedos y creencias. En nuestras decepciones y fracasos. Aunque no se ve, sencillamente no se ve.
Incluso diría que no se siente. Lo tenemos tan interiorizado que nos hemos hecho insensibles a él y él se ha hecho insensible a nosotr@s. 
Y nos acompaña a todos lados. 
Descubrirlo es el primer escalón para atisbar su presencia, quizás su origen, ojalá su profundidad y ámbitos de actuación. 
No obstante, tal vez lo más necesario es compartir trozos del camino con él, con la consciencia de él, para iniciar el reto mayor de sentirlo, de dejarnos, de permitirnos sentirlo hasta lo más hondo, a lo mejor hasta las lágrimas, quien sabe si hasta un leve crujir de desesperación o una profunda pena. 
Y permitirle, así, que él también descanse de ser ese dolor constante, insensible, desatendido, para que, junt@s, podamos dormir y vivir en paz. Que así sea.