Mi ego es sutil e inteligente. O listo. O ambas cosas. Pero no por ser mi ego, sino por ser como todos. O casi todos. 
Casi invisible, casi imperceptible, casi indefinible, se mueve libremente en nombre de la personalidad y provoca una identificación tan grande que es muy difícil distinguir entre él y nosotr@s. 
Se hace fuerte en los disgustos, en las contiendas, en los conflictos…y, de una manera mucho menos evidente, en el día a día, cuando un@ siente una ligera irritación contra todo, cuando un persistente desánimo invade nuestra energía, cuando, sin apenas darnos cuenta, nos autocríticamos, nos autoexigimos sin limite… o, simplemente, cuando perseguimos con denuedo acabar con nuestro ego. Sí. Allí está él. 
Y qué es el ego? Tan difícil de explicar o definir como de detectar su presencia: recuerdos, historias que nos contamos sobre nosotr@s mism@s, roles que jugamos, pensamientos que nos acribillan, emociones que nos dominan, ideas, mente, opiniones, patrones, creencias, personalidad…
Y qué busca? Sobrevivir. En la identificación total con él (así, nos creemos, por ejemplo, que somos lo que opinamos) y en la separación del otr@. 
Y es que el ego no es bueno ni malo. Es necesario para vivir aquí en la tierra. Pero, sucumbir a todos sus deseos, nos lleva a un sufrimiento inútil e irreconocible, al menos en su origen . Por tanto imposible de ser transformado. Porque, al final, el ego puede mandarnos, bloquearnos o angustiarnos si nosotr@s lo dejamos. O puede ser un amigo fiel y útil si lo empapamos de la luz de la conciencia, que lo convierte en algo visible y amable. 
De ese modo, podemos ir dejando de identificarnos con él, colaborar junt@s, pero no confinad@s y arrastrad@s por su ceguera. Al fin, libres y dueños de nuestra vida.