Cuando algo nos va mal, cuando hay un momento de crisis, una emergencia espiritual, un venirse abajo, lo primero que pensamos -habitualmente- es , ¿qué pasa?¿por qué a mi?, si todo debería ir bien. 
A partir de ahí empezamos a rastrear porqués, que muchas veces se transforman en culpables, que casi siempre remiten a situaciones del pasado: errores que creo que cometí, situaciones que no debí vivir, la educación que recibí, cómo me trataron…
En ese momento llega el turno del “si yo hubiera…”
Si yo hubiera hecho aquello y no lo otro, si me hubieran tratado así y no asá, si hubiera tenido aquella vida y no la que tuve… entonces no tendría estos problemas y viviría content@, desahogad@ y feliz. 
Pero, de verdad, no lo sabemos (y no nos ponemos a mirar esto). Y no nos damos cuenta de que estamos totalmente desenfocados y poniendo toda nuestra energía en lamentos y quejas que se van por el sumidero de la ineficacia. Sin encarar el presente y sin mirar qué puedo hacer ahora para resolver la situación. 
Pero es que,claro, muchas veces, cuando miramos hacia el presente, también vamos buscando porqués que transformamos en culpables: la culpa de lo que me pasa la tiene mi pareja, que no me entiende o que me abandonó, o mis padres que siguen tratándome fatal o la situación socio-económica que me maltrata o el mundo que es injusto o la vida, de la que siempre hay que esperar lo peor. 
Y de nuevo nos perdemos en no poner toda nuestra energía en ver, con claridad, qué está pasando y comprender que ,sencillamente, sí me va mal, si algo va mal es porque mi enfoque de la vida, mi actitud, mis creencias, mis rutinas, mi relación con el mundo, con l@s otr@s, conmigo mismo, en algún punto, de alguna manera, no “me”funcionan.
Y partiendo de esta premisa tan básica, comprender que, como dijo Einstein, para que suceda algo nuevo, tenemos que hacer cosas nuevas. 
En un alarde,si se puede calificar así, de inteligencia vital.