
Esto dice Sergi Torres en su último libro “Aurum”.
Y qué difícil darse cuenta de esta posibilidad y ponerla en práctica.
Con frecuencia nos aterroriza el conflicto y cuando llega intentamos esquivarlo de cualquier manera.
Aunque también puede suceder que, consciente o inconscientemente, lo provoquemos para “poner las cosas en su sitio” o para dejarnos llevar por la ira o la rabia que nos incita a machacar al otr@.
Porque la CULPA -así, en mayúsculas- siempre es del otr@.
Recuerdo cuando empecé a practicar el Curso de Milagros y, no sé por qué razón, la salida al conflicto consistía -o yo me lo tomé así- en mirarme a mi, en ver qué hacía yo en aquella fiesta, cuál era mi papel.
De verdad, aquello me resultaba desesperante. Se producían batallas internas que me dejaban sin fuerzas. Yo quería salvarme a toda costa y mirar, escrutar al otr@.
Sin embargo, si insistía una y otra vez en mirarme a mí, se iban produciendo cambios asombrosos. El conflicto se tornaba de otro color, extrañamente me iba calmando, iba descubriendo que en mí había algo que no había visto antes, el otr@ iba perdiendo importancia y ese mecanismo de aprendizaje del título, se iba poniendo en marcha.
El movimiento horizontal, de enfrentamiento directo, empezaba a transformarse en un movimiento vertical de mirada hacia dentro de mí mismo. De descubrimiento de que yo también estaba allí y, casi con toda seguridad, me estaba dejando arrastrar por mi ego que me miraba sonrojado desde lo más profundo de mi ser.